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Uno añora las experiencias, no los lugares.

Uno de los buenos hábitos que había retomado Federico desde su vuelta a Cerro era salir a trotar una hora todos atardeceres por la costa. Ese sábado mientras trotaba y veía como le caían las gotas de transpiración, venía pensando en cómo había cambiado la ciudad desde que el se había ido.

En cada recorrido que hacía por las tardes iba descubriendo lugares nuevos, lugares modificados y otros intactos que habían sido importantes en momentos clave de su vida. En más de uno se le escapaba alguna media sonrisa con los recuerdos que iban apareciendo en sus remembranzas que surgían a cada paso.

No era una nostalgia triste, al contrario. Cada lugar especial estaba muy bien mantenido en su memoria quizás ayudado por la lista de canciones que había seleccionado en el celular para acompañar su trote. Esa tarde fue más allá de los habituales recorridos y decidió pasar el boulevard de la calle Quintana y pasar por el pub Dallas, porque hasta ese día no sabía si existía todavía. No sólo se sorprendió que estaba sino que le pareció que estaba mucho más lindo en la parte exterior, había evolucionado muy bien. Aceleró el paso y retomó el regreso a su casa cuando chequeó en su cronómetro que había corrido una hora y diez minutos.

Ya en la ducha el agua caía sobre su cuerpo con la misma intensidad que el reencuentro con Dallas le había provocado recuerdos y anécdotas. Muchos momentos había pasado ahí. Así que decidió que esa noche iría a pasar un buen rato. Pensó en Pablo para que lo acompañe, un par de mensajes a su teléfono alcanzaron para coordinar.

Con Pablo eran buenos amigos, pero más del futbol que de salidas, aunque en el último tiempo habían compartido algunas actividades y se fueron poniendo al día de sus vidas. Mientras conversaban, Federico observaba el pub y buscaba rincones conocidos pero le costaba ubicarse en cada espacio, en cada cambio que había tenido su estructura. Eso no significaba que a el le encantara como estaba. A veces uno recuerda e idealiza situaciones, cree y se convence que ciertas cosas son como uno las recuerda, pero no siempre coinciden recuerdos y realidad.

El ambiente era inmejorable, se escuchaba buena música, risas, choque de vasos, habitués de la barra que observaban al salón y a un pequeño escenario que era la gran novedad del lugar. Novedad para Federico, que al rato de estar ahi departiendo con Pablo notó que había músicos en vivo y tocando algunos temas de Creedance , otros de Rolling Stones y otros covers de Eric Clapton.

Pablo era amigo de la banda que estaba en vivo y le iba contando de cada uno a Federico. «La verdad que suenan bien», pensó pero no se lo dijo, asentía y acompañaba las notas del bajo con el pie. A dos mesas de distancia estaban sentadas dos mujeres que Federico había visto al entrar, pero pudo observar mejos cuando estuvo sentado, principalmente a la que estaba de frente, no así a la que le daba la espalda.

Esta última se dio vuelta y buscó la mirada de Pablo para saludarlo con una mano al aire y una sonrisa que impactó a Federico apenas la vio. Ella le hizo el ademán para que Pablo se sume a su mesa, el le dijo que estaba con Federico, pero ellas insistieron que vayan los dos. En cuestión de minutos estaban los cuatro compariendo la mesa: Federico, Pablo, Silvina y Cecilia.

Luego de las presentaciones de rigor, continuaron disfrutando de Dallas y otros grupos que se presentaron esa noche y el lugar comenzó a tener señales de buenas vibras para Federico -que prefería definir a eso como la mística del lugar– que estaba encantado con la sonrisa de Cecilia. Quizás algo estaba comenzando.