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Una amiga que escucha, más que amiga es una hermana

Desde la ventana del departamento Paula podía observar cómo caía una llovizna apenas perceptible, que sumado al sol que ya se comenzaba a despedir formaba un pequeño arcoiris a lo lejos. Ella se percató del detalle y se quedó mirando hacia allí con una media sonripsa de unos minutos, vaya uno a saber qué pensaba, pero estuvo hasta que el vidrio terminó por empañarse y ella tuvo que quitarse alguna lágrima que se le había escapado.

Recordó que había puesto la pastafrola en el horno y el olor ya era evidente como para ir a verla antes que se pasara, le gustaba apenas cocida, según ella salía mas tierna, en realidad se lo había copiado a su abuela Teresa en De la Garma y ese aroma era abrazarla imaginariamente.

Había sido un largo día de estudio, a poco tiempo del próximo final antes de las vacaciones de invierno y quería aprobarlo y volver unos días a descansar de todo en su pueblo. Hacía semanas que sus pensamientos giraban entre la veterinaria, los exámenes y Pablo, su tema era Pablo. Cuando no estudiaba y resumía sufría por ese amor trunco.

Ella estaba segura que nunca se había enamorado tanto y paradójicamente nunca se había decepcionado en tan poco tiempo. Pablo le llevaba unos catorce años, y ella incoscientemente le dio todo sentimentalmente, se entregó como nunca, y cada vez que dejaba los apuntes, o cuando iba a dormir, se le hacía imposible quebrar en llanto, que reprimía hasta donde podía. No eran semanas fáciles para Paula.

Mientras cortaba la pastafrola en pequeños cuadrados con mucho cuidado, llegó un mensaje al celular, era Julieta «Estoy abajo». Buscó una campera, una bufanda y bajó a abrirle porque Carlos, el encargado no estaba los sábados por la tarde. Las chicas subieron entre risas cómplices porque les tocó compartir el ascensor con un vecino de Paula que a Julieta le encantaba pero no sabía que vivía en el mismo edificio.

Julieta fue de las primeras que se acercó a Paula al llegar desde su llegada a Cerro Bajo, la conoció de casualidad, fue su primera peluquera y desde ahí conectaron rápido y forjaron una amistad. Esa tarde había llegado con varias botellas de cerveza, un par de botellas de Coca Cola y un Fernet chico.

Mucho por hablar en la tarde y luego más tarde. Quizás sin saberlo el alcohol abre mucho más a las personas y quedan más en carne viva para compartir dolores de la vida, y más en este caso, con dos amigas que ya habían compartido alegrías, salidas y en esos momentos los mambos sentimentales de Paula, que era a quien había que apuntalar.

A veces las amistades sólo cumplen la noble función de escucha, de bancarse con cariño horas de quejas, reproches, lágrimas, llantos y preguntas sobre algunas cuestiones. Y ahí es donde se consolidan, en las malas, cuando a alguna el mundo le parece el lugar más injusto, o cree en ese momento que nunca más las cosas saldrán bien.

La tarde se hizo noche y la noche madrugada entre copas y vasos que iban y venían. A esa altura ya estaban preparándose para salir a tomar algo al centro cuando el celular de Paula vibró sobre la mesa. El mensaje solo decía : «¿Estás?»

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