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Un triunfo que se agranda con el tiempo.

Todavía recuerdo con claridad algunas experiencias de mi infancia. Esas que por alguna razón quedan selladas por siempre en el recuerdo. En junio de 1986 yo tenía 9 años y tres meses y junto a mi familia nos sentamos aquella tarde frente al Noblex a válvulas, y con un dial bastante duro para cambiar canales del 1 al 13 aunque sólo podíamos sintonizar el 7 y el 9 de Bahía Blanca. La antena en el balcón ya estaba orientada para que se vea el Estadio Azteca lo más nítido posible. De lo contrario la mecánica era la siguiente: mi viejo iba a maniobrar la antena al grito de «¿Ahi quedó?, ¿Se ve bien? y volvía con prisa cuando desde el living le dábamos el visto bueno.

Aquella tarde no era un partido más, era la final de un mundial, era mi segunda final, pero la del 78 apenas con un año y un poco más podía balbucear un Agentina! Agentina! alrededor de la mesa. Ese día veíamos a la Selección frente a una Alemania -siempre Alemania- vestida de verde. Hoy se cumplen 34 años de ese partido y no recuerdo todos los detalles, pero sí que Argentina pudo jugar bien, ponerse en ventaja 2 a 0 en el segundo tiempo, y casi que ya estaba definido, más con un equipo dirigido por Bilardo, pero de repende se vinieron los alemanes, simpre fuertes, insistentes y convencidos. Un par de centros dos goles y muchas puteadas hasta mi habitación. Para que negarlo, me fui para no ver lo que seguía. La sensación era de haber perdido. Es que en ese tiempo para mi esos jugadores eran los que «éramos» los pibes del barrio cuando jugábamos y nos relatábamos simultáneamente. Ni hablar el Maradona de actuación casi perfecta en ese mes, como nunca lo hizo ni lo hará otro futbolista en la historia de los mundiales, Diego era una mezcla de He Man, Batman o Superman para el piberío futbolero de aquel tiempo.

Fue tan grande la frustración y bronca de esos minutos fatales como la sorpresa a los diez minutos y con el partido ya definido 3 a 2 en favor de Argentina. Los vecinos ya hacían sonar sus bocinas y arrancaban sus autos con destino a los festejos. Argentina ganaba su segundo mundial de fútbol y a mi me parecía algo hermoso pero incoscientemente algo simpre de lograr. El tiempo me enseñó y demostró que fue la última vez que se levantó ese trofeo. Pudimos haber repetido en un par de finales más. Pero otra vez Alemania, sí Alemania, en dos oportunidades nos dejó con las ganas. Pasaron 34 años desde esa vuelta olímpica en México de ese grupo de jugadores con la celeste y blanca Le Coq pegadas al cuerpo para repetirse hasta el cansancio las imágenes de ese torneo que pude disfrutar en mi televisor blanco y negro Noblex.

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