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Un cortado

El hombre no está seguro, pero le pone una cucharada más de azúcar al café, mientras la disuelve en el fondo de la taza, sus pensamientos giran en loop. Tiene esa manía de buscar la mesa más cercana a la puerta del bar. El piensa que desde ahí es más fácil desentrañar en qué anda la gente que pasa. Su vida es observar. A los mozos que van y vienen. A los parroquianos que coinciden con el cada día en el local y a los que no. A los que leen, a los que estudian. El ventanal le permite ver con impunidad a los que caminan por la vereda en su trajín cotidiano. A algunos de tanto verlos ya los fue conociendo por los pocos gestos que fue observando, aunque el no sepa los nombres.

Su obsesión es chequear a cada rato si sus mocasines están bien lustrados, se preocupa para que no pierdan brillo. El ritual es tomar dos cortados matinales, hasta que la ciudad entra en la vorágine diaria y se van cambiando las caras de los clientes. Algunos están la mañana completa, quien sabe a que se dedican, piensa el, que prefiere retirarse una vez que considera que es suficiente lo que ha leído. Su costumbre es leer sólo en el bar, porque cree que el café es más rico mientras se lee. Sólo interrumpe la lectura cuando siente que es suficiente el café y las noticias. “Mañana será otro día”, concluye para si mismo. Pide la cuenta, deja siempre 50 pesos de propina, se mete dentro de su sobretodo, se calza el sombrero y comienzo a caminar por las calles del barrio hasta que se pierde entre transeúntes, hasta que no se lo ve más. Quien sabe donde irá, donde vive y que hace durante todo el día hasta regresar al bar como todas las mañanas. Así pasa sus días, y así se va su vida. Sin hablar con nadie y observando a todos, entre cafés y noticias impresas.

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