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Trascender en los jazmines

Eran días extraños para Juan Ignacio Lopez, conocido en todo Cerro Bajo como el Garrita. En un tramo muy corto de tiempo había recibido dos noticias fuertes, una muy buena para su futuro y otra muy mala que tenía que ver con su pasado.

La gran noticia de estar a días de fichar en las inferiores de Lanus, luego de haber sido convencido el y su mamá por el empresario que había venido a asegurarlo con promesas de futuras ventas a otros clubes de mayor importancia.

Pero la otra noticia se la dio Chela al llegar del club. Ella era la vecina de la mamá. Pocos segundos duró la frase que alcanzó a congelar al pibe por un instante : «Tu mamá salió corriendo para lo de tu abuela porque tuvo un infarto y murió recién».

Garrita solo atinó a irse a la habitación de su madre y tirarse a llorar contra la almohada en silencio, la lloró un rato largo. Cuando se calmó fue a buscar una cajita donde estaban algunas pocas fotos de su abuela que guardaba su mamá Florencia.

A pesar de su corta edad aquellas fotos lo llevaron a unos años atrás, porque en una de ellas estaba el mismo pero mucho más chico. Se esforzó en recordar ese momento, que seguro pudo haber sido cualquiera de aquellos días que su abuela lo recibía para pasar algún fin de semana. Casi que pudo transportarse a ese caminito de baldosas que separaba el portón de rejas de la casa, a la derecha un jardín repleto de plantas y flores que su abuela mantenía con mucho entusiasmo, en especial los jazmines de la entrada.

En general el se iba por el costado de la casa directo al fondo. Ahí estaba la pequeña chacra de su abuela con zapallos, tomates, calabazas, lechuga, acelga. De repente recordó el olor de los conejos que estaban en un rincón y que siempre acariciaba pero sin sacarlos de la jaula. Pero lo que más disfrutaba era cuando lo llamaba para comer. Siempre recordaba el puré de su abuela, era exquisito, como las galletitas o bizcochuelos para tomar la leche a la tarde.

En una de las fotos que encontró se encontró a el mismo parado al lado de su abuela que estaba sentada, aunque el notó un detalle: estaba pellizcando la parte de atras del brazo de ella. Ahí se dio cuenta que lo hacía todo el tiempo que estaba cerca de ella, recordó esa colonia en frasco de vidrio, esos invisibles en su pelo sosteniendo mechones finitos, el olor a crema Ponds en las manos.

Pero mientras miraba la foto, tratando de asimilar la tristeza acarició el rostro de su abuela en la foto, la guardó en la cajita correspondiente y se quedó frotando sus dedos intentando recrear cuando le pellizcaba detrás de sus brazos esa piel arrugada y blanda que no iba a olvidar.

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