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Siempre serás Pablito.

La primera vez que lo vi a Pablo fue en una cancha de fútbol. Hacía poco tiempo que había vuelto a la ciudad despues de algunos años en el sur. Y con 16 años recién cumplidos lo primero que quería reafirmar fueron mis ganas de jugar al fútbol, y en Rosario, el club de mis años de infancia. El primer cruce de cancha no fue muy amistoso, alguna que otra pelota peleada a pierna firme en mitad de cancha, un par de reproches breves. Era lógico, yo jugaba en el medio, igual que él. — La 10 es mía, ahora todos son 10! — , me reprochó en algún parate del entrenamiento. Podría afirmar que no nos conocimos de manera amistosa, pero como todo fue acomodándose con el paso de los días, las semanas, los entrenamientos, los goles y los despejes ya en partidos oficiales compartiendo cancha y defendiendo la tricolor en las menores. Ahí se fortaleció nuestra amistad que recién se iniciaba. Nada te une más a un amigo que estar defendiendo un resultado en cancha contra un rival que te está cascoteando el rancho buscando el empate. Y así se forjó, entre viajes a Bahía para jugar de visitante y en las previas a jugar en el Coloso frente al rival que fuera. Pablo era flaquito, pero nada débil, además de ser temperamental, calentón en criollo, tanto que más de una vez vez había que calmar ánimos después de alguna patadita fuera de lugar, incluso hemos ligado más de una piña por esas cosas del futbol.

A mitad de año tuve que cambiarme de la ENET al Nacional, iba derecho a repetir 4ª año en la técnica, así que decidí pasarme, luego a fin de año rendiría las materias de manera libre, gran decisión. Recuerdo que a pesar de estar acostumbrado a ser el nuevo, encarar un nuevo grupo de compañeros de secundaria era algo que debía enfrentar y ahí al llegar al aula vi sus ojos celestes sonriendo e invitándome a sentarme al lado, claro Pablo era al único que conocía, junto a Fernando que también jugaba con nosotros y coincidió en cuarto con nosotros. A partir de ahí compartimos fútbol, la escuela, el boliche, salidas con los compañeros, el viaje de egresados a Bariloche, tragos, diversión, goles, pases en profundidad, paredes para salir jugando en defensa y puteadas también.

Con Leandro y Ariel le habíamos puesto Ventajita, en los veranos era el que iba más cómodo a la playa, siempre el menor esfuerzo, mietras el resto éramos los que cargábamos con todo, cocinábamos, limpiábamos la casa de la abuela de Ariel donde parábamos. Nunca supe porque ninguno se quejaba de verdad por su comportamiento, era así. Rubio, pelito largo, algo canchero si, se peinaba todo el tiempo, y generalmente andaba con un jean y alguna remera de grupos metaleros, porque le gustaba desde AC DC, Guns N Roses, Nirvana, Metallica, aunque en el fondo era un pibe de lo más sensible y sobre todo buena gente. A poco de terminar la secundaria me fui a vivir a Mar del Plata y cada tanto volvía y me juntaba con los chicos. La vuelta era la de siempre, una salida a tomar algo, a veces un boliche, pero siempre era un par de cervezas, risas, y charlas de fútbol, el era el único de River entre los cuatro.

Una de esas madrugadas, al despedirnos Pablo me gritó despues de habernos despedido — ¡ Volvé eh, y avisá asi nos juntamos! — . Para la manera de ser de Pablo eso era un discurso sobre la amistad. Porque el expresaba sus sentimientos con hechos, con gestos, no era de hablar ni expresar mucho, pero nos entendíamos perfecto.

Aquella noche de abril marplatense estaba muy contento por el triunfo agónico de Boca frente a River. Sonó el teléfono en casa y al estar al lado atendí. Del otro lado escuché la voz de Ariel y sin dejar que termine de saludar le dije : — Gordo, viste como les ganamos a las gallinas! Terrible partido! —

Sólo dijo — Pablo… Pablo venía en su moto y chocó, lo chocaron y falleció. Se lo llevó puesto un Falcon en la esquina del Correo, acá estamos con Lea, es verdad no podría joder con eso… — , fue la frase que todavía me resuena como si fuera hace 10 minutos y no 22 años. A las pocas horas me estaban recibiendo en la terminal y llegamos para la ceremonia de rigor, para qué entrar en detalles. Pasaron más años de aquella horrible mañana nublada de abril que la edad que teníamos los cuatro, Lea, Ariel y yo, porque Pablo quedó en sus 20 años. Cada vez que lo recuerde, que lo recordemos tendrá 20, a pesar que hoy tengamos la edad para ser tranquilamente padres de una persona de 20. Y así siempre lo tendré presente, como ese pibe temperamental y sanguíneo dentro de la cancha, casi un salvaje, como el pibe que vivía acomodándose el pelo y que escuchaba AC DC, pero también el gran compañero y gamba para lo que surgiera en, quizás mis mejores años. Te conocí mucho en tan pocos años, Pablo. Elegí con los años aceptar que las cosas hayan pasado así, pero nunca olvidar tu amistad, eso nunca. En secreto, a veces, muy de vez en cuando me alegra algún gol de River, sólo por saber que desde algún lado lo estás gritando. Algún día espero darte otra vez ese abrazo de gol como aquel que hiciste de volea con un centro mío… ya no recuerdo a quien pero fue un golazo.

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