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Reinventarse y seguir, siempre.

Los inviernos en Cerro Bajo siempre fueron crueles. Al estar cerca del mar, las primeras brisas pegando en la piel de los que madrugan se hacen sentir. En especial a aquellos que van a sus actividades en bicicleta o en moto.

Este invierno se está presentando más duro de lo habitual. Pasadas las 7 ya se había levantado Juan José Saric, a quien todos conocen como el Gordo J, un personaje muy querido entre los habitantes del lugar. Todas las mañanas se levanta bien temprano, se esfuerza todos los días por hacer el menor ruido posible para no despertar a su esposa Norma, que se levanta minutos inevitablemente después que comienza a escuchar los ruidos del taller del Gordo J.

Desde que cobró la indemnización del ferrocarril en a fines de los 90, aprendió a realizar trabajos de herrería. «Gracias a Dios la gente siempre me busca por algún laburito con los fierros», repite siempre el gordo cuando ven el taller con muchos trabajos encargados por sus clientes, es que la realidad es que es muy bueno, responsable y cumple en tiempo y forma.

El taller está al lado de su casa y siempre le toma un par de minutos abrir los candados del portón, una vez adentro va directo a encender la salamandra, prende las luces y ver la agenda del día cuando aparece Norma con las tostadas cargadas de dulce de leche, como le gustan al Gordo, que es reacio a desayunar como se debe, o quizás sea una maña que tiene para compartir unos mates apenas comenzado el día al calor de la salamandra antes de comenzar a trabajar en lo pendiente.

Norma se queda, toma unos mates y repasan el día y las actividades de ambos, luego ella vuelve a la casa a chequear sus pendientes. Ella es la maestra particular de matemáticas del barrio y también tiene mucho por hacer en las mañanas. Ambos pasaron los 60 años y llevan más de 35 años juntos. Son los primeros pobladores de ese barrio de las afueras de Cerro, es decir que se instalaron cuando todo era cardos y campo. Con el tiempo fueron recibiendo a los nuevos vecinos y todos los que fueron eligiendo construir su casa en la zona.

El Gordo y Norma eran un matrimonio muy valorado por los habitantes del barrio. Nunca tuvieron hijos, pero si muchos nietos del corazón. Norma es docente jubilada y una gran compañera del Gordo, en todo sentido. Viven una vida sin grandes necesidades económicas, pero sin que les sobre mucho, en fin, son felices.

El taller está bastante ordenado, principalmente el sector de las herramientas, por otro lado la soldadora y las tareas pendientes ya separadas y listas para comenzar. En la radio ya suenan las noticias de primera hora, en las paredes hay muchos posters de fútbol, de la selección argentina en diferentes etapas, uno de Maradona en México, otro de Kempes con los brazos en alto y formaciones del Club Atlético Cerro Bajo, en la época que el gordo era flaco de bigotes y deslumbraba en los regionales, tanto que estuvo a punto de pasar a Vélez a mediados de los 80.

Fue un misterio para todos porqué no progresó en su carrera futbolística que culminó en los 90 por una lesión en el tendón de aquiles que lo retiró definitivamente, pero no lo alejó del ambiente. Hoy es el entrenador de las infantiles del club y referente del plantel profesional. El Gordo J es una institución en sí misma.

Ferroviario de origen, crack del Atlético y docente de los más chicos de su amado club, el que le abre la puerta para ir a jugar y dejarle enseñanzas para la vida. todas las tardes se lo puede ver en la mitad de la cancha, con los cortos, el silbato en la boca una gorra y la panza que siempre termina al aire, no hay remera que pueda cubrir todo el abdomen. Aunque sabe que debe bajar de peso, ese rato con los más chicos, el olor a césped y guiar a los futuros cracks le da felicidad. Es como parar la pelota de pecho y clavarla al ángulo, un momento de plenitud.

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