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Pequeñas escenas de un sabado cualquiera.

Asomaba el sol en la mañana de un sábado más de marzo, quedaba poco para el otoño y Norma ya no se podía dormir. Desde temprano escuchaba los ruidos del portón del taller del Gordo J, que siempre madrugaba, incluso los fines de semana. Comenzaba un día de fútbol para el Gordo J, el DT más querido de Cerro Bajo y de la zona.

Ese deporte era una de las razones que lo motivaba aponerse las pilas para levantarse muy temprano sábados y domingos. – «No les puedo fallar a los pibes», era una frase que la pensaba todo el tiempo aunque no lo expresara claramente, pero sus acciones lo confirmaban.

Sus dirigidos eran un poco los hijos que la vida no le había dado. Ni a el ni a Norma, esa mujer que siempre estuvo. Pero a el también le costaba expresarlo en palabras. Se desvivía para que Norma esté contenta, que no le falte nada material y que siempre se esforzó por brindarle lo mejor en sus 36 años juntos. El se autoconvencía que cumplía en todo lo que podía. Mientras pensaba eso silbaba animadamente alguna canción que inventaba en el momento mientras lustraba unos botines que habían sido los últimos que había usado.

Le encantaba dejarlos negros brillantes, porque eran unos Puma Borussia que estaban impecables porque los había usado muy poco antes de romperse los ligamentos que le impsibilitó una carrera prometedora. Era como sacarle brillo a esa nostalgia que le provocaba el olor a la pomada recién lustrada, y esa impotencia de pisar el césped de la cancha y quedarse de este lado de la línea de cal.

Norma traía el mate bien espumoso con la pava para desayunar juntos en el taller. Se detuvo al verlo tan entusiasmado antes de agarrar la camioneta y partir al club. Lo miraba y pensó en cuantas veces le dijo que debía cuidarse en las comidas, lo veía cada vez más gordo y se preocupaba, pero el no escuchaba, al contrario, se enojaba mucho.

Y entonces lo miró y pensaba en cuanto lo quería, en cuanto habían compartido y en cuantas oportunidades se habían apoyado uno al otro. Al recordar algunos hechos de su vida juntos le llenaron los ojos de lágrimas, aunque no caían. Ella no quería que la viera llorar pero tenía las dos manos ocupadas y se volvió rápido a la cocina, se preocupó de secarse bien las lágrimas y ahí volvió con su mejor sonrisa, el mate caliente en la mano.

El Gordo se reincorporó con dificultad. le recibió el mate y le dio un beso en la frente y le devolvió una sonrisa ancha y franca. La miró a los ojos y le dijo : – Normita, vos no te das una idea lo importante que sos para mi. – Se abrazaron y cada uno siguió con sus actividades del día. A veces la vida es más simple y lo que buscamos y necesitamos está la alcance de la mano, de una mano con un simple mate preparado por la persona correcta.

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