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Mensajes a destiempo

Cualquiera que hubiera pasado ese martes por la mañana por el frente del Bar Galicia, hubiera creído que se trataba de un día ordinario, igual que el anterior y el próximo. Aquellos rayos de sol que atravesaban el vidrio del local aclaraban el rostro de Paula, e iluminaban más sus ojos verdes que se esforzaban por no explotar de lágrimas.

Mientras revolvía el café con leche sin mirar la taza, sus pensamientos giraban en torno a las decisiones que fue tomando en el último tiempo. En esos momentos desde que se había sentado se fue culpando y justificando sobre sus idas y vueltas que desembocaron en este momento que estaba viviendo.

De fondo en el salón se escuchaba la voz de Andrés Calamaro cantando algunas de sus canciones, es que Paula es una de las debilidades de Don Cosme, que siempre que puede complace a sus clientes diarios. El hombre que siempre estaba detrás de la barra atento a todo, desde la caja, la música, los mozos, la limpieza del local en general y las mesas en particular.

Cuando Paula giró la cabeza, instintivamente buscando a Don Cosme porque ella sabía que el «resignaba» sus tangos habituales de fondo y accedía a poner rock nacional, que a ella le encantaba. Incluso le había dejado un pen drive con música que a ella le gustaba mucho. Paula apenas asintió con la cabeza un saludo ensayando una mueca de sonrisa cuando Don Cosme sonreía y se señalaba la oreja por el tema que sonaba de fondo. El hombre percató que no era un buen día para ella. Paula Frías de sólo 21 años había llegado un año atrás para estudiar Veterinaria en Cerro Bajo, que tenía el anexo de la Universidad Nacional y en De la Garma, su pueblo de origen, no contaba con la posibilidad de cursar la carrera de sus sueños.

Además instalarse en Cerro Bajo le posibilitaba poder ir a las prácticas en la zona rural de Cerro y cursar lo teórico en el edificio del centro. Con la angustia contenida, comió la medialuna y tomó el café con leche mientras revisaba y anotaba en su agenda con lo que le quedaba pendiente en esa semana. Tenía que preparar tres finales para concluir ese año.

Escribía con entusiasmo cuando sintió la mano pesada pero cariñosa del dueño de bar y el vozarrón que le dijo : — ¿Nena, todo bien tus cosas? — Sí, todo muy bien Cosme, preparandome para los finales que me quedan, así que se vienen semanas de estudio, contestó Paula luego de saludarlo con un beso. Tenían confianza, Paula desde que llegó a Cerro eligió al bar como lugar de estudio, de lectura, de encuentro y de charla simplemente con Cosme que siempre se hacía un tiempo para tratar con los clientes habituales.

Es que en Cerro, mucho de lo que se decidía se hablaba en el Bar Galicia, incluso los temas políticos. Era el lugar elegido por la política y los periodistas locales para reuniones. El Concejo Deliberante y la Municipalidad quedaban a metros de la esquina del local.

Paula ya había guardado sus cosas en su cartera y se aprontaba a seguir su día mientras conversaba cuestiones triviales con el dueño del Bar y le pagaba a Gustavo, uno de los mozos. Despidió a los dos y antes de salir sintió que Don Cosme le decía: — Cualquier cosa que necesites ya sabes que tenes que pasar y decirme. Ella saludó con la mano y le hizo un gesto de lanzarle un beso con la mano y salió del local por la calle principal.

Era un día de sol pero con frío y algo de viento que desordenaba pelo de Paula mientras se dirigía a paso firme hacia su departamento que estaba a tres cuadras del centro. En el trayecto saludó a varios vecinos, en poco tiempo supo hacerse querer entre ellos, era una joven muy agradable y socializó muy rápido.

Al llegar a su edificio, el encargado la saludó como todos los días pero notó sus ojos brillosos y no pudo evitar preguntarle si sentía bien. — Todo bien Carlos, es que hay mucho viento y me hizo mal, mintió Paula y subió al ascensor.

En el viaje a su departamento sintió que vibraba insistentemente su teléfono pero no lo chequeó hasta entrar a su casa. Se quitó el abrigo, cerró una ventana que habia quedado abierta y se sentó a ver el celular. Tenía cuatro llamadas perdidas y tres mensajes de Pablo. La angustia que había disimulado toda esa mañana finalmente cedió en esa lágrima que caía mientras leía los mensajes.

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