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Los rituales son necesarios

El Gordo J había puesto el despertador muy temprano. Los días de partido eran especiales, no eran cualquier sábado, y este fin de semana era realmente esperado por propios y extraños. Así que minutos pasados de las 7 apagó la alarma de un manotazo, se levantó intentando no hacer ruidos que despierten a Norma, se puso las ojotas fue hasta la cocina, puso la pava y aprovechó a bañarse en el tiempito que la temperatura del agua estuviera ideal para los primeros mates del día.

Esos mates fueron en la cocina, donde se puso a chequear las listas de buena fe, anotaciones de la semana y documentación de los equipos de las inferiores del Atlético que ese día definian gran parte del torneo anual de la Liga y de paso terminó de definir las formaciones de los tres equipos que esperaban al Deportivo San Gabriel, a las dos categorías más grandes no les quedaba otra que ganar para tener chances de entrar al hexagonal final.

En cambio a la categoría más chica con el empate le alcanzaba para clasificar, en esa jugaba el Garrita Ortiz, toda una esperanza no sólo para el club sino para todo el Cerro Bajo futbolero que estaría presente en ese partido.Era el comentario general «Tenés que ver al pibito ese lo bien que juega, no se la pueden sacar», por contar una de las frases más escuchadas en los clubes de la zona y en Bar Galicia, donde los viernes a la tardecita se juntaban miembros del mundillo del futbol local.

Pero cada vez que Don Cosme los escuchaba se encargaba de bajarlos a la realidad. «Dejen de hacerle creer al pibe que ya es Messi, tranquilo, tiene que estudiar antes que nada», repetía a modo de protección al Garrita, por dentro el viejo sabía que era muy bueno en serio. El Gordo ya había puesto en marcha la camioneta y abierto el portón del taller, pero se olvidaba el tuper con los sanguches de milanesa para el amuerzo que siempre le dejaba preparado Norma la noche anterior.

El trayecto desde la casa la club no dura más de de 10 minutos, y en ese camino el Gordo se hacía tiempo para pasar a buscar a Tito Villegas, su ayudante, amigo y compañero de toda la vida. En realidad el Gordo era no sólo el DT de los más chicos, sino que estaba en todos los detalles que hacían a la formación integral de los futuros futbolistas.

Una vez en el club, Tito como siempre fue a la utilería a buscar los juegos de camisetas, las pelotas, los bidones y poner en condiciones los vestuarios antes que llegara la delegación visitante. Luego venía la ceremonia de ir a la cancha, regarla, revisar las redes probar las pelotas y terminar de marcar los límites con cal. Al Gordo le encantaba ese ritual.

El sol ya asomaba y anunciaba una jornada de cielo celeste y una temperatura ideal para un día de futbol. No había excusas para disfrutar y competir entre los grandes equipos de la zona. Después de un rato de preparativos llegó la gente del Deportivo San Gabriel en dos colectivos naranjas y fueron recibidos por Tito, que siempre se encargaba de que no les faltara de nada, a pesar de la rivalidad de toda la vida.

El Garrita no había dormido la noche anterior, y antes de ponerse la camiseta 10, el pibe la olió como si el olor a suavizante le diera energías extras. Luego de vendarse se puso los flamante botines, le quedaban perfectos. Ya en la cancha los probó con un par de pelotazos y algunos pases entre sus compañeros, el pibe no dejaba de mirarse los pies mientras hacía jueguitos. Su felicidad era enorme. Sonó el silbato del árbitro y comenzó el partido definitorio, y el Garrita se sentía inspirado.

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