Menú Cerrar

Lo que nos devuelve el espejo

Casi siempre lo hago a la noche, simplemente porque me gusta despertarme con la cara despejada pero no tan lisa, mientras duermo la barba crece de manera imperceptible pero algo crece. Hace pocos días antes de ir a dormir, una cantidad generosa de espuma para afeitar y una espera de unos minutos, ideas que uno tiene que así la barba se afloja un poco más, pero en fin, continué con el trámite hasta cubrirme la barba con la espuma. De pronto me encontré mirandome al espejo, pero con conciencia, como encontrándome en la mirada del espejo, me detuve mirando los ojos, sus formas, las pestañas, el iris y sobre todo su expresión, con esas líneas que se quedaron para siempre, como las que me vi en la frente. Generalmente uno es un autómata frente al espejo, pero ese día comencé a ver también cómo las canas comenzaban a ser mayoría entre los pocos pelos que fueron quedando.

Al comenzar a afeitarme, comencé con las muecas de rigor, para que la gilette se deslice mejor, todos tenemos nuestra manera de afeitarnos, o desde donde comenzamos. Como siempre, esa vez inicié por el mentón, pero al estar más atento, noté que hacía gestos que no eran propios, claro! eran de mi viejo. Entonces ahi me ví a mi mismo con pocos años observando a papá en ese ritual, me sentía tan pequeño, no lo miraba, los admiraba. Eso me disparó a mi infancia, como si el espejo hubiese oficiado de máquina del tiempo.

Recordé aquellos tiempos en los que terminaba los deberes en el cuaderno Arte, mamá cocinaba la cena, y papá después de afeitarse y contestar miles de preguntas mías, y en cada explicación yo repetía : ¿Y vos cómo sabes? A veces pienso que una de las mayores virtudes que tenían mis viejos era esa paciencia, conmigo y en ese momento con mi hermana Valeria.

Después de la cena nos turnábamos para que mi papá nos hiciera dormir, a los dos. Primero se dormía Valeria que tenía 4 y después yo que tenía 5 años y un poco más. Mientras me terminaba de afeitar, se me vino el recuerdo claro del poster que teníamos en la cocina, que era de Peter Pan y cómo retumbaba en el pecho la voz de mi viejo mientras apenas escuchaba las conversaciones que tenía con mi mamá. Y así cada día. Terminé pasarme la afeitadora, me enjuague la cara con agua tibia y me fui a dormir, como todos los días.