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Libres y felices, así eramos.

La pandemia actual conocida como Coronavirus nos obligó a estar encerrados, porque según nos dijeron es «la única vacuna que tenemos», que no deja de tener razón a la vista de los datos oficiales estaría dando buenos resultados. Pero de lo que todos hablamos es de la bendita cuarentena, que tiene a gran parte de la población dentro de sus hogares con sus slogans #QuedateEnCasa y su versión en inglés #StayAtHome. Ahí surgen momentos en los cuales después de trabajar on line, aquellos que pueden, también hay más tiempo para consumir música, libros, series, películas. Nos «ponemos al día», con los pendientes; otros optan por la actividad física en todas sus variantes, algunos otros cocinan y estan los que comen.

En unos esos días de sopor, y con muchas ganas de salir se me vino la imagen de un nene de unos nueve años, flaquito y pelo negro con un corte parecido a un play móvil, la piel muy blanca, algunas pecas y dos paletas enormes que eran desproporcionadas con su pequeño rostro. Luisito Mercado era el dueño de la pelota y cuando se escuchaba hacerla picar por la vereda del edifio donde viviamos, no necesitaba que suba a golpear la puerta de casa para preguntar : ¿Sale Rodo?, y ahi mismo le pegábamos el grito a Carlitos Vaca, que vivía abajo, ya éramos tres y una pelota, señal de tarde pateando en la canchita del barrio. Casi siempre se sumaban Fabian, Cesar y Patricio. Esa era la base del equipo, Luis era un delantero muy rápido, sin miedo a pesar de su estatura y delgadez, Carlitos era un jugador de toda la cancha, siempre solidario, Fabian era el de mejor pegada, el estratega, Cesar siempre al arco y Patricio un zurdo que se calentaba, pero jugaba bien. El caso es que ese equipo no sólo era para el futbol y los partidos contra el 26, que era el otro equipo del barrio de monoblocks, era un clásico. Alcanzaba verlo venir corriendo a Luis al grito de «Los del 26 quieren partido» y ya se establecían localías y detalles del partido. Nosotros siempre estábamos en nuestro sector del barrio y ellos en el suyo, mas allá que eventualmente nos cruzabamos en los de Rúben – con acento en la u-, que era el almacenero y tenía el local entre los dos sectores, en una especie de límite geográfico que dividía. Era un buen tipo Rúben, siempre dispuesto, amable con todos. Su apellido era Labios y, paradójicamente tenía un bigote muy crecido que le tapaba ambos labios. Siempre nos dejaba jugar atrás de su negocio mientras nos le desordenáramos los cajones.

Ese equipo de amigos no sólo corría detras de una pelota, aunque debo reconocerlo, no había relojes para terminar de jugar al futbol, a veces le dábamos hasta que no se veía nada o hasta que la madre Luis, dueño de la pelota lo exhortaba a volver a su casa. También jugábamos a la bolita en el frente de casa, a las figuritas en el hall del edificio, en otras ocasiones alguno aparecía con un barrilete comprado con el que jugaba, hasta que alguna se la rebuscaba para armar el barrilete made in casa, y volaba igual o más! eso le daba otro sabor, poder armarlo nosotros. Cuando nos aburríamos de eso armábamos pistas con todo tipo de accidentes geográficos para los autitos, horas nos pasábamos diseñando y construyendo intrincados autódromos de tierra.

En otras épocas nos dedicábamos a subir a un arbol gigante donde cada uno de los cinco de siempre tenía un lugar, ahi también nos pasábamos horas hablando y riendo. Además de todos lugares y actividades con las que pasábamos los días en esa infancia de mediados de los 80, había un lugar que no íbamos siempre, porque según alguno de nuestros padres lo consideraban peligroso y a ese lugar lo habíamos bautizado como La montaña, y quedaba a tres cuadras aproximadamente de nuestras casas, cerca pero fuera del radar de nuestras madres, especialmente en el horario de la siesta.

Y allá íbamos, casi desde la clandestinidad, hasta la montaña, que no era más que un gran médano rodeado por yuyos de todo tipo y unas especies de juncos con tallos finos pero firmes. Esos tallos los íbamos seleccionando y posteriormente los teníamos como flechas, el arco lo armábamos con alguna rama curva pero firma que permita atar en sus extremos una tanza para poder lasnzar las flechas, alas que les poníamos capuchones de biromes porque les daba potencia y dirección. Al terminar esas siestas expuestos a un sol enorme y lanzándonos innumerables veces en esos médanos en pendiente, llegábamos exhaustos y con las zapatillas llenas de arena que antes de entrar a casa las vaciábamos. Y asía pasábamos nuestros días en el barrio, sólo hacía falta escuchar picar la pelota, o escuchar el ¿Sale Rodo? y salir despedido a la calle a jugara lo que sea sin miedo a ningún virus, pandemia ni contagios.

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