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La última sopa.

Apenas minutos habían pasado del mediodía, el joven caminaba a paso apurado junto a su padre, ingresaron en un edificio con muchos pasillos, uno de los cuales los llevaría finalmente donde se encontraba el anciano. A simple vista el lugar se veía muy ordenado, con un comedor central y pasillos que llevaban a distintas habitaciones. Finalmente llegaron donde se encontraba el abuelo del joven, que en esos momentos vivía en el asilo junto a otras personas. Hasta que el viejo se despachó con un —¿Qué hacés nene? — con la misma voz de siempre, con el mismo carraspeo, algo más gastado que cuando el joven era un niño de unos 8 años y al levantarse escuchaba decir al abuelo esa misma frase, sólo que en aquellas mañanas era con el oído cerca de un radiograbador Sanyo, donde se informaba en las primeras horas del día. El hombre estaba igual, en su espíritu, pero su pelo estaba todo blanco, su piel blanca también pero curtida por el sol cuyano en aquellos años de laburo en el campo, aunque también hubo noches de escapadas, tangos, tragos y gomina en el pelo, pero esa es otra historia. Mientras las tres generaciones conversaban sobre bueyes perdidos y temas concernientes a la familia, el más joven no dejaba de observar que el abuelo revolvía una olla con un caldo, al que le iba agregando zanahorias, apio, cebolla, calabazas en cubitos, papa, algún trozo de carne lo que provocó otro comentario del hombre — ¿Sopa machaza no? — y una posterior carcajada con el joven, como aquellos tiempos en que el abuelo era mucho más activo y hasta se animaba a paletear con los nietos, ir y venir en bicicleta y hasta perderse por el barrio conociendo gente nueva. Pero en ese momento ya estaba más grande, estaba solo y abrigado con un par de abrigos de lana. El más joven en un ratito comprendió más de genética humana que en la escuela, se veían complicidades, miradas, gestos, modismos entre los tres, que con el paso del tiempo se van trasladando de generación en generación. Luego del rato compartido, el abuelo fue a buscar de arriba de un mueble la bolsita con el tabaco, de la camisa sacó los papeles y ahí mismo se armó un pucho, como siempre lo hizo, solo que que le costó ese pulso exacto al poner el tabaco en el papel abierto, la cantidad justa con los dedos temblorosos, le pasó la lengua al borde del papel y con los pulgares e índices terminó de darles forma de cigarrillo, escupió levemente algún resto de tabaco de los labios y pidió fuego. Se fumó el puchito, luego se despidió de su hijo y su nieto, con los últimos manotazos cariñosos en su cara adolescente, luego un gran abrazo. Luego el padre y el hijo se alejaron con saludos a los demás habitantes del lugar, subieron al Renault 12 blanco y se perdieron en la ciudad. Con los años, el joven cayó en la cuenta que esa fue la última vez que vio a su abuelo, y entonces lo recordó con una sonrisa, recordando aquellas carcajadas.

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