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La nobleza es una gran virtud.

Los primeros días de 1988 fueron especiales para Vale y para mi. Era nuestra primera experiencia fuera de casa, lejos de mamá y papá. La terminal estaba llena de padres preocupados que despedían a sus hijos que partían a vivir una experiencia de 15 días en la colonia de verano. Mas allá del viaje, que era a Córdoba, lo que nos entusiasmaba a mi hermana y a mi era el hecho de alejarnos de casa por primera vez, con 9 y 10 años respectivamente. Recuerdo que cargamos los pequeños bolsos y nos subimos en el Ñandú del Sur con destino a Villa del Dique, una pequeña localidad de Córdoba, cercana a Río Tercero. El contingente era de unos 40 chicos de nuestra edad, niños y niñas ansiosos por llegar a un lugar desconocido para pasar días increíbles. Y así fue, pasamos días de mucho sol, conociendo otros chicos de todo el país, realizamos muchas actividades lúdicas, deportes y compartimos momentos que siempre forman parte de los mejores recuerdos. Lo pasamos tan bien, que todavía recordamos que mi viejo nos pasó a buscar por la colonia de vacaciones la  noche anterior a la fiesta despedida. No era caprichoso el día, ya tenía los pasajes para los tres que debíamos seguir viaje hasta Tucumán donde encontraríamos a nuestra hermana Laura y mamá. Entonces, entre frustración y algo de enojo juntamos nuestras cosas y ensayamos una despedida con aquellos nenes que en pocos días nosotros considerábamos nuevos amigos.

Mi papá estaba algo cansado de viajar, porque había viajado con Laura y mi mamá desde Punta Alta hasta Rumi Punco, una localidad tucumana casi en el límite con Catamarca, de ahí había ido hasta Córdoba y de ahi volvía conmigo y Valeria hasta Tucumán, previa escala en Frías, en Santiago del Estero.

Recuerdo claramente que viajamos un rato largo en ese Costera Criolla hasta llegar a una terminal de ómnibus, si es que se puede decir terminal, en realidad era una garita precaria que estaba llena de juanitas, una especie de cucarachas que se amontonaban cada vez más. Era la madrugada y esperábamos el otro colectivo que nos llevaría hasta Tucumán.

Habían pasado muchos años sin ir a Tucumán, donde vivía gran parte de mi familia materna, un montón de primos y tíos que no veía seguido. Varias cosas me quedaron de ese viaje, fue la última vez que estuve con mi abuelo Guillermo, logré una conexión inmediata con mis primos, que los había de todas las edades. El que más recuerdo es Chapulín, así le decía todo el mundo. Creo que lo recuerdo con claridad porque fue él quien me enseñó a andar a caballo.

La casa donde vivían mis tíos era literalmente en el medio del campo, al que se accedía por caminos marcados por las ruedas gigantes de los tractores. Todavía puedo recordar ese olor a gas oil y el sonido que hacía mientras podía observar un mar de plantación verde que se podía contemplar hasta la capacidad de mi visión, era un verde muy intenso. Con el tiempo supe que eran plantaciones de soja. El tractor lo manejaba Marcelo, que tendría en ese momento unos 12 años y que se mostraba muy hábil para maniobrar el vehículo.

En ese momento gran parte de la familia trabajaba en el tabaco, frente a la casa había un galpón enorme ocupado en gran parte por plantas listas para trabajarlas artesanalmente. Finalmente Chapulín me llevó hacia otro sector donde estaba Platino, el caballo que estaba atado con una soga al palenque. Mientras mi primo iba preparándolo, ensillándolo con gran destreza, yo lo miraba a una distancia respetuosa. Era la primera vez que estaba tan cerca de un caballo. Me llamó mucho la atención como se quedaba quietito y como obedecía a mi primo. Recuerdo que me dijo :  – “Acercáte vení que te tiene que conocer, es bueno Platino”, no terminó de decirme que ya se había subido y estaba saliendo del galpón. Con esfuerzo logré subir de acompañante y comenzó a ir a paso lento mientras me explicaba nociones básicas de jinete, que la rienda, que tenía que llevarlas firme, cómo hacerlo ir por donde quisiera y otras recomendaciones.

De repente se baja y quedo al mando de Platino, que por suerte era muy dócil, pero a las órdenes de Chapulín. Yo no tenía miedo, si sentía mucha adrenalina, que se incrementó cuando me dijo que la golpee levemente con los talones y Marcelo le dijo algo ininteligible seguido a una palmada en el lomo y ahí opté por agarrar bien fierme a las riendas. Platino comenzó a trotar, mis primos entre risas me decían que iba bien y que lo talonee, cuando lo hice me di cuenta que comenzaba a responderme, algo que me asustó y me motivó al mismo tiempo. en pocos segundos tomamos velocidad y recorrimos un largo tramo al galope y por un momento hasta me anime a talonearlo un poco más y Platino aceleraba, como mis latidos, pero esa sensación de sentir el viento en la cara y la primera vez de subirme a un animal tan grande y noble es inolvidable. Finalmente volví al galpón feliz de haber podido dominar la situación.

Siempre recuerdo ese verano con mucho cariño, cuando pude ver a familiares que luego no he podido frecuentar tan seguido. Lo que me quedó fue eso de la buena gente, que no le sobra nada, pero ofrecen todo. Creo que ese viaje me sirvió para conocer el significado de ser noble, y en parte me lo enseñaron mis primos y Platino a su manera.

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