Menú Cerrar

La espera

A menudo esperar nos pone a prueba, nos propone medir nuestra capacidad de saber darle tiempo a algún proyecto, a algún deseo, a algún amor, o simplemente a algún regreso.Desde pequeños comenzamos a enfrentar ese desafío, y como siempre mamá es quien corre detrás de nuestro primer llanto, nuestra primera queja. Y ahí escuchamos (sin tener conciencia) frases del tipo : “¿Cómo dejarlo que llore?” ó “Es muy chiquito para que empiece a sufrir”. Con el paso del tiempo aprendemos que es bueno comenzar a frustrarnos y superar esas sensaciones desde niños.

En la vida nos encontramos en muchas situaciones en las cuales debemos esperar, cada una con el tenor de ansiedad correspondiente a cada momento. Esperamos a Papá Noel, a Los Reyes Magos, esperamos a papá llegar del trabajo, esperamos la comida en un restaurant, esperamos los resultados de algún estudio médico, esperamos en el banco de suplentes para entrar en algún partido de fútbol y en innumerables situaciones más. El hecho es que poco a poco vamos forjando esa capacidad de superar pequeñas frustraciones diarios, con mayor o menor paciencia.

De las esperas más lindas que existen – eso creo – debe ser la de esperar nueve meses para recibir un hijo, conformando así la familia, incluso con la llegada de más hijos. Para luego esperarlos en la escuela, en el club, en algún cumpleaños o simplemente aprender a esperar que vuelvan sanos y salvos cada fin de semana.

Como todos sabemos y alguien lo escribió en alguna canción, el tiempo es veloz, tanto que por momentos asusta, y nos encuentra de repente, y otra vez, frente al desafío de experimentar nuevas esperas. En este caso tienen que ver con el deseo de volver a ver, de volver a hablar con los hijos, que en algunos casos han partido hacia otros lugares a vivir. En esos casos los padres extrañan intensamente a sus hijos, y no es que estos no piensen de la misma manera, están en el desarrollo de sus propias historias.

El paso de los años va haciendo su trabajo en todos, como es natural, y de repente, mamá o papá ya no está entre nosotros, entonces el que queda, se queda sin su otra mitad. En muchos casos al quedar solo o sola se van a vivir con alguno de sus hijos. A otros les toca algo diferente, otra suerte, otro destino quizás.

Generalmente estos lugares son amplios, en los mejores casos tienen un gran ventanal, alguna mesa en el centro de la sala de estar, donde se genera el punto de encuentro, y ahí los abuelos van pasando sus horas, sus días, ya expertos en el arte de esperar, en estos casos a que esté preparado el almuerzo, a que comience la novelita de la tarde, a tomar mates con sus compañeros. Y así van pasando meses, años y van generando vínculos con personas que ven a diario, por ejemplo el personal que los cuida, que los baña, que les prepara la comida, sí como cuando eran pequeños. Pero ellos siguen esperando, y quizás es la espera más cruda, esa que consiste en ver el almanaque y ver cuántos días falta para el domingo, el día en el que más probabilidades hay de que reciban las visitas más deseadas, que son sus hijos, sus nietos, sus sobrinos. y llega el domingo pero ellos no llegan. Entonces acá esperar duele, y duele mucho. Cada familiar que llega a ver a su abuelo, en realidad visita a todos, porque no hay mejor sensación para los abuelos que tener a alguien externo para contarle mil veces las mismas cosas de las mismas personas, oh casualidad, sus hijos, sus nietos, sus experiencias, sus viajes. Aunque sea un rato, les hace bien, conversar, contar sus vivencias y por qué no sus sueños. Por eso, aunque ya no se tenga al abuelo propio, siempre es bueno pasar por estos lugares, un domingo, o cualquier día, y compartir un rato con ellos, porque como diría mi viejo : “La gente mayor nunca te va a aconsejar mal”, y de paso la espera final se hace más agradable.

Otras publicaciones