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La despedida

Había tardado más de lo normal en chequear el armado de sus bolsos. Era algo que hacía sin mucha preocupación, sin el máximo esmero. En general metía las prendas y calzados que usaba habitualmente, sin detenerse a pensar en combinación de colores. Hasta aquí habían sido viajes como cualquier otro. La noche anterior había sido fuerte, pero ella no lo sentía así todavía. Varias emociones y palabras enredadas en su mente, que no había podido digerir completamente.”Me espera un largo viaje para poder analizar todo más tranquila”, se dijo a sí misma. Continuó con la tarea de revisar todos los cajones de la ropa interior, las medias y todo aquello que pueda quedarse olvidado.

Dos horas pasaron hasta que cerró la última valija, la que llevaría con ella en el colectivo. Pidió un taxi con tiempo, siempre le gustó estar una hora antes que partiera su ómnibus, chequeó por última vez las habitaciones, no sin detenerse en la mesa de luz, donde descubrió una frase Nada ni nadie podrá hacer que te olvide, con la inconfundible letra de el. Ella sonrió y pensó: ¿Cuando lo habrá escrito?, para luego agregar “siempre tan fea su letra”, pero esa frase en ese momento la impactó.

En su enésima última mirada la espejo, supervisando que el poco maquillaje que había utilizado esté todo en su lugar, repasó levemente sus mejillas, se volvió a perfumar y comenzó a poner las valijas en el ascensor. Antes de cerrar la puerta miró por un instante todas esas paredes, tomó aire y suspiró lentamente. En ese suspiro, imágenes de amor, odio, peleas, risas y ternura pasaron lentamente por su mente. Luego cerró la puerta y nunca volvió a mirar el departamento, entró al ascensor y cerró la puerta de espaldas.

Apuró el paso para encontrarse con el taxi, cargo las tres valijas, dos en el baúl y la restante la llevó con ella. Así como había hecho con cada rincón del departamento, lo fue haciendo con cada calle, cada lugar que realmente significaban mucho para ellos. Mientras el taxista le elogiaba el perfume y le contaba de lo poco que venía trabajando, para luego insultar al intendente por los eternos baches. Buscaba temas para entablar conversación, que a ella no le molestaba tanto, respondía con monosílabos evitando cruzar la insistente mirada del chofer en el espejo retrovisor. Ella no quitaba sus ojos de su teléfono, con esperanzas de algún mensaje más, a pesar de haberse prometido no hablar ese día. Se habían dicho todo y más. Ella le había pedido no verse el último día, porque odiaba las despedidas, el celular no sonó, no vibró, no se iluminó. Iba tan en silencio como ella.

Finalmente el taxista que no paraba de hablar la ayudó a subir las valijas hasta el andén desde donde partiría su ómnibus.”Muchas gracias señor, es usted muy amable” le dijo con su primera sonrisa a medias al taxista que se alejó con un “Que tenga un viaje m’hija”. Al fin en la terminal, se acomodó en uno de los asientos, que por cierto lucían cómodos y flamantes. Como tenía tiempo, chequeó que sus valijas estén bien cerradas y luego se fue a comprar chicles de mentol, sus preferidos.

Estaba triste, pero tranquila, se había intentado todo y de todas las maneras, aunque nunca había sido partidaria de finales felices cuando el final era una separación definitiva. Se le escapó una lágrima, sin darse cuenta otra le caía del otro ojo. Inmediatamente con un pañuelo de papel secó sus ojos pero no sus recuerdos. Todavía poder sentir el sabor de sus labios en su boca, su perfume en el último abrazo, pero el perfume de su piel, no el que usaba, que también le gustaba. Todavía sentía su esencia, entonces cerró los ojos, queriendo pensar en otra cosa, y abrió los chicles hasta que el sabor a mentol pudiera sacarle ese sabor a pasado de su boca.

En otros sectores podía ver parejas despidiéndose, hablando hasta casi subidos al estribo, padres que saludaban desesperados a sus hijos adolescentes que ya estaban arriba del micro. Hacían interminables cantidades de señas, se volvía una situación insostenible e inútil, porque el colectivo no se movía aún. Ella terminó por abrir el paquete de chicles, por la ansiedad y volvió a chequear la hora y los mensajes, faltaban 15 minutos para partir y el celular seguía mudo.

Al llegar la unidad en que se trasladaría despachó su equipaje y quedó con su bolso de mano y los pasajes en su otra mano, al girar para subir ella ve que Ramiro está ahi parado a dos metros, a una respetuosa distancia. Ella se acerca, entre enojada, triste y devastada y le dice :”Ramiro, por qué viniste, lo hablamos ayer, no me gustan las despedidas”, el no decía nada, solo la miraba y no dudó en abrazarla muy fuerte cuando vio que estaba a punto de quebrarse, la abrazó sin hablar por treinta segundos, solo le dijo al oído antes de separar su cuerpo:”No te olvides de mi”, dijo con lo que quedaba de fuerzas. Ella subió con la intención de no volver a mirar hacia atrás, o mejor dicho, fuera del colectivo, que arrancó suavemente marcha atrás, ella seguía mirando al frente, siempre consciente que el no le quitaba la vista de encima. Cuando el micro comenzó a avanzar, ella no soportó y volvió a mirar hacia el, que lo empezó a ver con una mano que la saludaba, con la otra contenía el llanto y se fue haciendo cada vez más pequeño, pero a partir de ahí comenzó a agrandarse en sus recuerdos, tal como el le había pedido, nunca más lo olvidaría…

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