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El tiempo es veloz, a veces.

El tiempo es mucho más rapido que nosotros. Es una verdad enorme que la podemos ver bien de cerca cuando casi que es tarde. Como una broma macabra a los ansiosos. En cuanto menos lo esperamos se nos viene encima como una tormenta inevitable. Algunos hasta no logran decodificarlo y sólo contemplan el paso de tiempo a través de fotografias mentales de otros momentos.

Cerro Bajo se fue forjando con el aporte de muchos primeros pobladores que apostaron por esta nueva localidad. Y uno de ellos fue Juan Quiroz que lo dice muy simple: «Cuando vinimos con la flaca teníamos que correr las vacas cuando empezamos a construir nuestra casita, nada que ver lo que es ahora». Lo dice con orgullo, con nostalgia y con admiración por si mismo y por la flaca que es Chela, la abuela de casi todo el barrio.

Una mujer mucho más fuerte que su apariencia, algo más cansada está siempre atenta a todos y en especial a Juan que por momentos necesita algo más que los mejores mates en la galería de la casa, donde Juan pasa la mayor parte del día. Entonces Chela es la que corre, la que va y busca lo que necesitan. Quedaron solos, por esas cosas de la vida sus días pasan en tranquilidad y «disfrutando lo que se pueda», con una sonrisa de ojos cerrados de Chela, una mujer que siempre tiene tiempo para ayudar a todos.

Juan se muerde los labios más de una vez por poder dar una mano, pero no puede. Desde aquellos tiempos fundacionales de Cerro donde eran muchas horas trabajando en el frigorífico del Vasco Etchebarne, muchas medias reses bajadas en la espalda, cuando Juan se sentía con superpoderes y se jactaba de su fuerza, incluso le alcanzaba para arrastrar defensores en aquellos tiempos de gloria del Atlético que casi llega al Nacional. Pero hoy Juan ya no puede, y el cree que sí, pero no puede. Algunas malas operaciones los dejaron en una silla, atrapado en impotencia de no poder.

La vida le va pasando lenta, dolorosa en el umbral de la hermosa casa que había logrado construir. En esa galería para todos para saludar al célebre Juancito, Juancho, Toro, abu, tío, vecino y todo apodo posible dependiendo quien sea el que lo visite. A el lo que le duele es no poder, no poder valerse por si mismo. Y se le nota en los ojos cuando ve pasar a los pibes con una pelota, a sus nietos que le revolotean alrededor, pero el no puede liberarse de esa silla de mierda.

Y Chela siempre está. Con los trámites, con Pami, con Anses y todo esos papeles y recetas. Pero siempre con una sonrisa sincera, cansada pero verdadera. Ella es de pocas palabras pero muchos gestos para Juan. Se los puede ver por las tardes cuando ella tiene un tiempito para sentarse junto a el a tomar unos mates. Ella lo peina, le arregla el cuello de la camisa y todos esos detalles de cariño. El muere por levantarse y abrazarla, pero no puede.

Las pequeñas alegrias que tiene son las charlas que tiene en esa galería con sus nietos, con los hijos cuando van. Pero los que son habitués son los vecinos de toda la vida, los que van quedando y los hijos de sus amigos de toda la vida. En esos pequeños buenos momentos el tiempo se pasa más rápido que lo deseable, porque por más que quisiera, el no puede detener el tiempo en esos lindos momentos. Ese tiempo que en tardes de soledad parece que se congela, pero siempre aparece la mano de Chela con el mejor mate del mundo y esos ojos que tanto bien le hace mirar.

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