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El enviado

Era un sábado por la tarde como cualquier otro en Cerro. El sol se podía ver allá en el mar, buscando esconderse dando paso en poco tiempo a la noche. Un grupo de pibes comentaban con entusiasmo y risas las mejores jugadas en el partido que habían disputado en la cancha detrás de las grandes rejas.

Arriba de ellos que estaban en la vereda se leía un gran cartel que decía : Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero todos sabían que era la cancha de los mormones, y los pibes del barrio sabían que el portón siempre estaba entreabierto y de manera unilateral consideraban que era una invitación a pasar para jugar al futbol o báquet a la hora de la siesta. Nunca nadie del lugar autorizó expresamente que utilicen su espacio pero como tampoco los sacaban era un lindo lugar para jugar.

Esas charlas post picados eran de lo más variadas, desde las mejores pisadas, los goles errados y reproches por pases largos o cortos. Entre los chicos estaba como siempre el Garrita. Hacía tiempo que no iba a compartir un rato con el grupo de amigos después de aquel penal errado que dejó afuera a Atlético. No habían sido días fáciles para el, mas allá de todo lo que se le habló sobre que el futbol a veces es injusto, a el le costaba quitarse ese penal de la cabeza.

Además de ese penal, en los pensamientos del Garrita estaba la charla que tuvo con un tipo que no era de Cerro y lo había buscado para decirle que quería hablar con su mamá por una linda oportunidad. Era un hombre joven, bien vestido y con un perfume que se sentía a una cuadra y que unos pocos días después del partido con Deportivo San Gabriel, lo había interceptado camino a su casa después del colegio. Ahí le había dicho que le había gustado mucho como jugó aquel partido, además que era enviado para verlo in situ. La humildad, y quizas la inocencia del pibe hizo que eso no lo haya comentado con nadie, ni con su mamá y menos con su confidente, Don Cosme. Por al DT, el Gordo J no lo había vuelto a ver porque hacía un tiempo que ni asomaba por los entrenamientos.

El emisario en cuestión era un agente de futbolistas, lo que se conoce como un ojeador de talentos jóvenes, en su mayoría de 14 o 15 años que ya se les ve el futuro con éxito en el futbol y por los cuales los grandes clubes de Europa invierten mucho dinero en captar en Sudamérica grandes promesas. El forastero había ido días atrás a Cerro con la misión de contactar a la familia de Garrita, con la intención de ofrecerle un futuro en Europa para jugar al fútbol a pesar de su corta edad.

En esos días muchos en la ciudad se preguntaban quien era ese hombre alto y de gran porte que andaba recorriendo todo Cerro y conversando con gente del fútbol. Con todos habló del Garrita y el se mostraba entusiasmado en lo que pudo ver, incluso con su tono catalán se deshizo en elogios con el pequeño 10 del Atlético.

Mientras el Garrita veía como el Torito Sanchez se terminaba la Coca de vidrio de litro, pensaba en las palabras que el extranjero le había dicho, que en realidad el no había prestado atención lo importante de sus palabras, porque el había quedado en la sensación de frustración de aquel partido. En la oscuridad pudo ver que una camioneta había estacionado al lado del grupo de pibes, la conoció enseguida no sólo por el color sino por los rulos del Gordo J que le decía que suba para llevarlo a la casa.

Era la primera vez que lo veía desde el partido con el Deportivo, pero enseguido el Gordo supo como tocar el tema sin que el pibe se ponga mal, lo conocía muy bien. Tanto que sabía que Garrita quería hablarle sobre la charla con el catalán y comenzó la charla con un : «Te están buscando matador» que generó una risa entre tímida y cómplice del pibe.

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