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El dueño del lugar

Ese día Ander Etchebarne estacionó su BMW a metros del Bar Galicia, metió unos papeles dentro de su portafolio y se metió raudamente en el local. Eso era un evento particular, porque el Vasco nunca bajaba a compartir con los demás mortales de Cerro Bajo un desayuno en el bar más concurrido del centro.

Los que vieron la escena dejaron la taza y se miraron extrañados por la presencia del personaje más temido, el más respetado y por algunos el más odiado del lugar. Es que, hay que decirlo, Etchebarne es un tipo jodido, de armas tomar, que cuida lo suyo y a los suyos.

Para empezar es el dueño del frigorífico más grande del sur de la provincia de Buenos Aires, con su respectiva cadena de carnicerías en la zona y en Cerro Bajo posee campos, cabezas de ganado bovino, ovino y porcino. Aquellos que lo conocen bien afirman que es un tipo duro pero de buen corazón, que valora a quien le es leal y que no perdona a quienes le juegan sucio. «Te liquida», es la frase que lo define cuando le fallan.

Su sola presencia, cada vez que se hace ver en público intimida, no solo por su físico imponente , sino porque casi nunca sonríe y su gesto adusto no invita a entablar ninguna conversación. Pero a pesar de eso muchos lo valoran porque es el que da trabajo a muchos habitantes del lugar. Hombres y mujeres han trabajado en sus distintas empresas por años y han podido conseguir un buen nivel de vida para ellos y sus familias. Eso le daba ese respeto y admiración a la distancia.

A Don Cosme lo conocía desde siempre y era el único que lo hacía reir a carcajadas. Había respeto mutuo y mucha historia en común. Fueron testigos desde distintos lugares de las cosas que fueron pasando en Cerro. No eran amigos, pero confiaban en el otro.

Entre sorbo y sorbo del café doble que pedía siempre el vasco le preguntaba una y otra vez porqué no le había avisado del empresario futbolístico que había estado mirando jugadores y lo más grave según dijo el es no haberse enterado que al Garrita se lo llevaron a Buenos Aires y que no haya podido asesorar al pibe que ya entrenaba en la gran ciudad. En realidad su bronca era no haber podido cerrar algún precontrato con la familia y llevarlo el mismo a Barcelona, le tenía mucha fe al zurdito.

Pasó la mañana en la mesa que le había preparado Don Cosme, entre quejas por lo que se había perdido y también por otro disfrutaba escuchar que se hablaba en esos días, era como un viaje a la realidad cada desayuno en el Bar Galicia. Un poco por los mozos, un poco por lo que hablaban los clientes, los diarios y algunos datos que le proporcionaba Don Cosme que tenían que ver con cosas en las que podía dar una mano.

Porque el vasco era un tipo duro pero le encantaba dar ayudas siempre anónimas a gente que las necesitara y esa era la complicidad que compartía con el viejo del Bar. Códigos de dos tipos que conocían cada rincón de Cerro y cada uno a su manera estaba para mejorar la vida del resto.

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