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Detener el presente.

Están ahí. Inmóviles, muy bien guardadas en cajas que las conserva generalmente mamá. Algunas están sueltas, otras en pequeñas carpetitas algo más sofisticadas que las mantienen con una cobertura de nylon que facilita que estén intactas. Dentro de esa caja grande están contenidas también bien pegadas en los famosos álbumes familiares.

El destino de las fotos de nuestro pasado fue quedar atrapadas en esa caja que mamá guarda con tanto celo en ese rincón del mueble de su habitación. Es que ahí nos tiene a todos, recién nacidos, en nuestros cumpleaños, comuniones, navidades o egresos del colegio. La cuestión es que son atesoradas por ella, como un monopolio de los recuerdos de la familia, que no es sólo la que construyó con papá, sino que también administra la custodia de las que aparecen los abuelos, tíos y primos, o amigos que no frecuentamos tanto.

Existe una ceremonia, un ritual sin día ni momento preestablecido, se da por generación espontánea, que consiste en sacar la bendita caja, todo un Instagram familiar que se puede tocar, oler, ordenar por tamaño y por el parámetro que se nos ocurra. La mayoría de las veces la caja aparece en alguna sobremesa, al poco tiempo nos tiene a todos generando una ronda, donde las fotos van pasando de mano en mano. Siempre alguien toma la posta de esta guía de este paseo melancólico por fotos que hemos visto miles de veces, para que negarlo. Se van generando discusiones en torno a si tal foto es de un año antes o después, si fue en la casa de Buenos Aires, de Ushuaia o alguien comenta:” Pero… acá fue donde ya teníamos el auto..” ó ” Acá aprendíste a caminar y fue donde comencé la secundaria”.

Así va desarrollándose el ritual, con risas, anécdotas que siempre vuelven, y siguen siendo graciosas, pasamos fotos de los abuelos, tíos o amigos de la familia que ya no están, pero todos sabemos que viven en nuestro recuerdo, tanto que surgen  historias inolvidables con ellos. Y nos quedamos mirando a papá y mamá tan jóvenes, tan llenos de ilusión, así lo dicen sus ojos a la cámara. Y veo los cumpleaños que nos hacían, llenos de chicos del barrio rodeando la torta con la canchita, esos gorritos con el elástico debajo de la pera. La felicidad dentro de una sencillez tan digna, una pared que le faltaba revoque, pero nosotros impecables dentro de nuestras pequeñas camisas, mis hermanas siempre tan bien peinadas, tan nenas. Pensar que hoy dos de ellas me hicieron tío, y vuelvo a pensar: puta madre que se va el tiempo, y año tras año se nos va más rápido. ¿ Será por eso que insistimos en volver a desear que mamá vuelva a sacar esa caja? ¿ Será que necesitamos volver a vernos, cuando en ese momento mirábamos a ese lente, que nos retrató para siempre sin saberlo? Quizás volver a ver fotos, no sólo es por recordar, sino que son instantes que la máquina pudo congelar para siempre, y nosotros vemos como las agujas del reloj avanzan sin detenerse. La mejor forma de detener el tiempo es vivir intensamente los buenos momentos. Esas “fotos” las guardamos para siempre.

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