Menú Cerrar

¿Cuánto hace que no te encontras con vos mismo?

Los primeros días en la nueva vida de Federico Vargas fueron muy emocionales. Pero de lindos momentos, reencuentros siempre anhelados y prometidos. Muchos años fuera de Cerro Bajo, muchas relaciones continuaron a distancia, sobre todo las de toda la vida y algunas se habían mantenido de manera intermitente.

Federico había pasado ya un par de semanas en Cerro, en las cuales se había propuesto descansar y desconectar de la vertiginosa vida que había tenido en Buenos Aires. En ese proceso en el cual tuvo que desaprender hábitos que tenía incorporados a su rutina. Entonces se tomó el tiempo de dormir, de hacerse chequeos médicos, compartir con amistades momentos que habían sido postergados por falta de tiempo y en algunos casos por la distancia.

En ese tiempo también aprovechó para hacer pequeñas modificaciones en la casa que había comprado en la zona residencial de Cerro. La casa era muy cómoda, de diseño moderno pero pequeña en sus dimensiones. Ideal para una persona, o dos con un hijo. No estaba en los planes de Federico por el momento. Necesitaba un tiempo de silencio en todo sentido.

En alguna de las reuniones de reencuentros Federico era blanco de bromas por haber vuelto a Cerro en tren y no en avión o en auto, y lo que el les explicaba que viajar en tren siempre había sido algo que disfrutaba y que aprovechó la oportunidad para disfrutar del viaje, como parte del inicio de su desintoxicación de la jungla porteña.

Una de esas tardes en que el sol se comenzaba a esconder allá lejos en el mar, Federico decidió encarar hacia un reencuentro que venía deseando desde que había llegado. Salió de la casa, caminó unas diez cuadras hasta llegar a la playa. Una de las mejores opciones que tenía a mano su nueva posada era la de estar muy cerca del mar.

Al llegar a la rambla, se vio sorprendido por el crecimiento de ese sector de la ciudad, en realidad en los últimos años habían invertido mucho en mejorar esa zona que año tras año. Entonces bajó por una de las entradas que tenía un camino hecho con maderas rústicas que desembocaba en la playa propiamente dicha.

Antes de pisar la arena, se quitó el calzado para poder sentir ese suelo, como si quisiera volver a través del contacto de las plantas de sus pies a vivir aquellos veranos en familia, sus amigos y compañeros de colegio que se quedaban a pasar las vacaciones en Cerro. A poca distancia del mar disfrutaba de sentir cómo sus pies se hundían a cada paso dejando una huella que se llenaba con el agua que llegaba.

Así caminó por varios minutos bordeando el mar. Desde ahí se quedó observando un momento la ciudad que se podía ver desde el mar, es decir una vista no tan común, como la vista la mar tradicional. Desde ahí pudo observar algunas parejas caminando, personas con mascotas y algunos niños jugando un partidito improvisado. Pero todos ya en plan de regreso, luego de una jornada de sol pero no de un calor agobiante. En fin, una tarde de paz, como era habitual en la costa de Cerro.

Federico también optó el camino de regreso a la rambla, antes de llegar se detuvo en un parador y compró dos latas de cerveza bien frías para continuar hasta la salida de la playa. Al llegar a la parte alta, se sintió algo agitado y cansado, por eso prefirió encontrar un lugar donde sentarse y optó por observar ese atardecer. La cerveza se deslizaba suavemente en su garganta dejando un gusto fuerte y amargo pero a el le gustaba ese sabor.

Así terminó ese día, compertiendo la tarde con el mismo, reencontrándose con el mar, la arena, el agua salada y todos esos recuerdos de momentos que no volverán, pero el prefiere creer que están ahí. Muchas veces el reencuentro con uno mismo es una gran decisión, juzgarse, perdonarse y volver a comenzar, volver a intentar o insistir en el plan. Por eso Federico decidió invitarse la segunda lata y la tomó mientras analizaba los pasos a seguir en Cerro. Porque ya era tiempo de entrar en acción.

Otras publicaciones