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Cuando volver es una forma de llegar.

La vida lo fue llevando a vivir en distintas ciudades del país. En sus cuarenta años de vida conoció muchos lugares de diferentes provincias, casi un experto en mudanzas, en ser el nuevo en muchos lugares. A pesar de ser naturalmente tímido, estos cambios de escuelas, de amigos, de entornos y de diferentes costumbres y experiencias lo fueron curtiendo en las relaciones interpersonales, venciendo aquella timidez inicial.

“Se pasó la vida”, dijo el mozo, como una sentencia. Tenía razón ese hombre de unos 70 años que había atendido al padre y su hijo unos 34 años atrás. Dejó los dos cafés en la mesa y su mirada se quedó perdida mirando hacia la vereda, repasó con una rejilla la mesa y se retiró murmurando “se pasó la vida, si” y se puso a comentar con el hombre de otra mesa sobre un partido del ascenso que se podía ver en el televisor. El padre y el hijo quedaron recordando y hablando sobre aquella primera vez que estuvieron con la familia completa el primer día que habían llegado a esa ciudad, tantos años atrás.

Mientras el padre daba detalles de cuestiones del pasado con envidiable memoria, el hijo, se daba cuenta que habían pasado más de 20 años hasta volver a vivir en el mismo lugar, y de a poco comenzó a reencontrarse con lugares que habían marcado su infancia y adolescencia, amistades de toda la vida, ex compañeros y gente a la que fue cruzando en la calle que reconocía pero la encontraba muy envejecida.

La idea de volver estuvo siempre en la mente del hijo, que apenas pasado los 40, se había decidido a volver y echar raíces con su mujer, apostar a comenzar desde cero, sin miedo al futuro, con la convicción y confianza en sus habilidades para desarrollarse en la ciudad que los había formado. Ahora bien, una vez instalado y cuando habían pasado varios meses de regreso en ese lugar, el decidió a regresar al lugar de su infancia, al barrio que lo había visto hacer sus primeros amigos, así que le pidió a ella que lo acompañe. subieron al auto y emprendieron rumbo al destino al cual el no había vuelto por muchísimos años. A medida que se iban acercando, el iba dando detalles precisos de lo que iba apareciendo, aunque es lógico todo era más pequeño de lo que el recordaba, las calles las encontró mas angostas, se reencontró con los mismo árboles que había trepado, la canchita donde convirtió sus primeros goles, ahora estaba llena de plantas y acacias. Los monoblocks estaban totalmente abandonados, casi sin habitantes. Siguieron viaje hasta la escuela y la playa, que estaban a 10 cuadras.La escuela estaba tal cual la conocía, pero ya no existía ni la estafeta postal, ni la iglesia, sólo habían varios tamariscos en ese lugar. Con una rara mezcla de emociones, entre nostalgia y añoranza de años felices contrastaban con la realidad actual, después de tantos años vividos. Tenía razón el mozo: “Se pasó la vida”.

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