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cuando volver es reiniciar

La vida en Cerro Bajo siempre fue tranquila, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene. Pero a muchos de los jóvenes que terminan la secundaria, no les quedan muchas opciones que buscar un destino para emigrar y desarrollarse profesionalmente en alguna ciudad más grande. Algunos se van a estudiar a alguna universidad en Buenos Aires, La Plata o Córdoba.

Eso hace que muchos se instalen de manera definitiva en esos lugares y vuelvan cada tanto a Cerro. Porque la ciudad tiene esa condición, por más que uno vaya, vuelva y conozca muchas ciudades en cualquier lugar del mundo, el origen siempre atrae y Cerro ejercía esa atracción que cuesta explicar.

Esas reflexiones y algunos pensamientos más le compartía Federico Vargas a Fernando, un joven compañero ocasional que viajaba en el tren que los traía desde Buenos Aires. Un viaje de unas doce horas en las que Federico no había parado de contar anécdotas de todo tipo y anticipando todo lo que el joven encontraría en la ciudad. Fernando, que era futbolista, visitaba por primera vez Cerro porque tenía la posibilidad de sumarse al plantel del Atlético para jugar el Regional.

Hacía mucho tiempo que Federico no volvía a su ciudad, lo especial era que esta vez era para instalarse definitivamente en Cerro Bajo después de haber vivido más de viente años en Capital Federal y con mucho éxito profesional, era corredor de bolsa y había sabido invertir muy bien sus acciones, lo que lo transformó en una persona de muy buen pasar que elegía vivir en Cerro por placer a contrario de los muchos que emigraban.

A sus casi 45 años era una manera de volver y también de recomenzar la vida. Muchas cosas habían pasado en los últimos años como para tomar la decisión de dejar la gran ciudad para continuar en Cerro Bajo una vida diferente, con todo para iniciar nuevos caminos. Muchos sueños pendientes a cumplir y disponerse a vivir todo aquello que se añoró por años mientras la distancia hacía ver más lindo todavía a su ciudad.

Los últimos kilómetros en ese tren eran disparadores de recuerdos, de tantas vueltas a casa, las vacaciones y momentos vividos. Federico se conocía de memoria las montañas y valles que ese tren surcaba en el trayecto final hasta llegar a Cerro Bajo. Su mirada quedaba fija en el paisaje, en esas curvas interminables que hacía el tren, las plantaciones de soja, los animales al costado de las vías, ese verde y amarillo trigo que hasta parecía oler a través de la ventanilla.

Ya en la estación y con las valijas Federico se tomó un taxi hasta su casa, que había comprado en el último año y que estaba a metros de la mejor playa de la zona. En el viaje se dio una charla amena con el taxista, que en el medio de la charla se dio cuenta que el hombre era muy parecido a su amigo de la infancia. _¿Vos sos el pibe de Eduardo Vargas, el Chiqui?_, preguntó el chofer. Federico se sonrió y asintió. «¿Tanto me parezco? , pensó. Al llegar a destino, le pagó al taxista, le dejó una buena propina y entró a la casa. Una nueva historia estaba comenzando en Cerro Bajo.

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