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Aquel tren, aquella mirada.

El siempre fue un tipo de cuentas pendientes, incapaz de cortar esos hilos que a futuro lo terminan atrapando mentalmente telarañas de recuerdos de otros tiempos. Nostalgia lindante con melancolía. Encuentra placer al rememorar otras épocas, revivir cada detalle de algo que se haya parecido a la felicidad. Lo vive como si quisiera volver a sentir aquellas sensaciones, esos momentos en los cuales el mundo le pareció perfecto. El los intenta atesorar, pero como todos sabemos eso es efímero. La felicidad nos visita en ráfagas inasibles, que se esfuman.

En la vida nos quedan grabados los momentos gratos en general, será que uno inconscientemente descarta los malos, aunque pensándolo bien uno también recuerda los no tan buenos, esos que nos hieren y nos recuerdan las oportunidades desperdiciadas, el beso no dado o el abrazo que no alcanzó en alguna despedida. Aquel amor preadolescente de la época de los amores eternos que duraban poco tiempo, es que al ser las primeras sensaciones, son las más intensas, que no pasaba de ponerse colorado y balbucear alguna conversación en los recreos. Luego eran horas en que el se quedaba pensando en María. Su corazón se aceleraba cuando veía acercarse a esos ojos celestes, más intensos por esa mirada tan definitiva, y esa trenza tan prolija. Aquellos lentos en las matineé, de fondo sonaban Toto, Phil Collins y alguna de algún cantante de moda.

Hubo un par de años en que no se vieron, hasta que se reencontraron de casualidad, y hubo un tímido hola por parte de los dos, ya adolescentes. El se vio sorprendido de volver a verla – hermosa- pero sentía que el ya no estaba en el mapa de María.

Pasó el tiempo sin que ninguno de los dos sepan del otro, absolutamente nada, y continuaron sus vidas por su lado. María recordando los lentos y cada detalle, y el cada tanto, escuchando alguna canción de aquellas volvía a ver aquellos ojos, aquella mirada. Así pasaron muchos años, se transformaron en adultos, en dos buenas personas pero con vidas separadas. Hasta que en algún momento, algo los volvió a comunicar, fue inesperado, pero un buen reencuentro – virtual- y ambos notaron que a pesar de ser otras personas, ni el ni ella eran los mismos, conectaron inmediatamente hasta el punto de pensar en volver a verse despues de muchos años.

El lugar del reencuentro fue neutral, a la misma distancia de cada ciudad donde vivían. En el Nokia 1100 gris se veía 7:25 y el colectivo de María estaba estacionando en una estación poblada de despedidas, abrazos y manos saludando detrás de las ventanillas. En el andén volvieron a verse frente a frente con las mismas miradas de aquellos tiempos y se dieron ese abrazo pendiente, de la no despedida después de tantos años.

Fue un fin de semana en la gran ciudad, charlas, paseos, comidas, más charlas en el zoológico. Lo demás lo saben el y ella. Esos días pasaron muy rápido pero lo que quedó fue, otra vez un pequeño momento, a bordo del tren camino al río, el sol iluminó los ojos de María, más celestes que nunca, y su mirada, la de siempre, esa que había estado tantas veces en la mente de el, pero esta vez venía a cerrar una historia, con un domingo de risas, asado, navegación y muchas confidencias. A veces los amores no son para toda la vida, pero no siempre uno puede terminar de cerrar una historia. El y María continúan cada uno con su vida, felices, viviendo vidas separadas, sin daños a terceros, acaso con el recuerdo de aquel tren, aquella mirada.

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