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Aprender a estar solo.

Pasaron ya dos meses desde que Federico había regresado a Cerro Bajo. Y poco a poco fue recuperando los reflejos para ir reconociendo los códigos del lugar, los tics de sus habitantes. A muchos los conocía de toda la vida, pero mucha otra gente era desconocida para el, aunque el reconocía que esa mixtura había conseguido darle un empuje notable a los que le consideraba una ciudad con alma de pueblo.

Era el segundo día de trabajo como mesera de Verónica en el Bar Galicia. Se notaba su oficio, su experiencia y capacidad para pasar la prueba de una semana que le había propuesto Don Cosme. El viejo la dejaba ser, no la presionaba ni le estaba encima con indicaciones.

Era una mañana cálida de domingo. El sol entraba a través de los ventanales y dejaba ver los ojos color miel de Verónica en el resplandor. Los abría grandes al ritmo del pedido del joven que se había sentado con el diario en la mesa que daba a la calle.

Federico notó en la nueva mesera un poco más que el oficio y la predisposicion a hacer bien su trabajo. Le vio una mirada que no podría describir, algó vio ahi. Estaba seguro que a partir de ese día no sería lo mismo ir a ese café. Fue un instante, unos segundos, pero el vio más que una mirada atenta para no olvidarse del café doble con dos medialunas y el pedido de poner el canal donde transmitían el futbol inglés.

Esos meses en Cerro Bajo fueron pasando en calma para la vida de Federico Vargas. En algún punto era lo que buscaba, lo que necesitaba para su vida. El se fue dando cuenta poco a poco. Y los domingos era cita obligada el fútbol inglés en lo de Don Cosme. Y la vida de pronto le empezó a parecer mas linda, comenzaba a tener esa paz de estar tranquilo en lo emocional, le hizo bien bajar los decibeles.

Mientras leía de apuro la sección Deportes del diaria vio como las manos de Verónica le alcanzaba la taza y las medialunas con una sonrisa mucho más segura y meditada. El volvió a ver sus ojos en el resplandor de ese sol de mañana y una sonrisa inigualable. «Gracias», atinó a decir el con una cara que no pudo disimular. Aunque para si mismo se dijo » Pará Fede, no empecemos otra vez».

Una mañana redonda en la que el Kun Aguero había hecho dos goles increíbles, el se sintió pleno con ese rato en soledad. Además el cafe parecía mucha más rico y el sol parecía más cálido cuando llegando a su casa vio el ticket con la cuenta y que en birome decía Veronica y un número de teléfono. Ahí se le escapó una carcajada nerviosa.

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