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Acordes para acordar, notas para reparar

Pablo es un hombre que todavía no llegó a los 40 pero toda su vida la vivió en Cerro Bajo. Desde hace un par de años se cuestiona su vida, sus logros, su existencia. No en un tono dramático, pero si insistente. Los pensamientos y rumiaciones ocupan gran parte de sus días y, principalmente sus noches.

A simple vista de algún desprevenido su vida no es un infierno ni mucho menos. Es más, lleva un muy buen nivel de vida desde que se recuerde. Quizás el golpe mayor fue la muerte de padre cuando el tenía 25 años. A partir de ahí Pablo no solo heredó la facilidad para tocar la guitarra, sino que también la habilidad y responsabilidad para arreglar motores, ambos talentos heredados de Horacio Silvera, su padre.

Esa tarde tarde había recibido varios mensajes de Ricky, que trabajaba en el taller con el. Ricky era casi su mano derecha, y era capaz de responder por algunos trabajos pendientes de algunos clientes. Pero Pablo no estaba para nadie. Abrazado a su guitarra buscando nuevos acordes, y también algunas explicaciones por aquel rapto de frases dichas de mal modo y sin haberlas procesado previamente.

Interiormente sabía que iba a ser difícil revertirlo. Esos momentos de una frase de más, en el momento menos conveniente y ante la persona que menos lo merecía. Masticaba culpas, broncas y arrepentimiento al mismo tiempo. Había intentado reparar aquel momento pero no tuvo respuestas. Se quedó toda esa tarde tocando la guitarra con unas cervezas bien frías y el celular a mano.

La música le funcionaba como un placebo para no ir a buscarla en persona y arruinar aun más las cosas. Prefirió quedarse solo y que pasen las horas y los acordes. Sabía que se venía una noche de insomnio y algo pasada de alcohol. Los fantasmas acechaban. Nada alcanzaría para reparar aquello con Paula, ella no lo merecía, o al menos no merecía esas palabras y de esa manera.

En el otro extremo de la ciudad ella había elegido pasar esa noche entre apuntes y la compañía de Julieta, compañera y amiga que había sabido sumar a sus afectos más cercanos desde su llegada a Cerro. Eso ayudaba a adelantar en la preparación del final, pero un poco también para sobrellevar aquella ruptura.

Julieta algo sabía del tema y había llamado a Paula para preparar el final, pero también pensó en pasar el momento con unos sandwichs de miga y un par de gaseosas. Luego de un buen rato de estudio, Julieta ya era todo oídos para hacerle el aguante a su amiga. No se lo decía pero ella estaba convencida que no era una historia cerrada. Ni ahí, pensó.

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